La producción científica latinoamericana desde una mirada poscolonial

Nancy Sánchez Tarragó, Leilah Santiago Bufrem y Raimundo Nonato Macedo dos Santos

1. Introducción

La comunicación científica constituye una de las etapas fundamentales del proceso de investigación. Es ella la que fertiliza el estado de conocimiento existente, introduciendo nuevos saberes a las comunidades científicas y la sociedad en general. La comunicación científica se realiza a través de diferentes medios, entre ellos, aquellos consagrados por la práctica científica como los artículos, los libros y las actas de conferencia. A pesar de las diferencias de las prácticas de publicación entre las diferentes disciplinas y comunidades epistémicas, los sistemas de evaluación científica locales, nacionales y transnacionales atribuyen a los artículos un valor mayor por encima de otros medios de comunicación (LILLIS; CURRY, 2010).

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Nancy Sánchez

Los resultados comunicados a través de estos medios se han convertido en indicadores del desempeño científico de autores, comunidades y países, y son medidos y evaluados.  Estas mediciones han tenido cada vez más auge con el desarrollo de la Bibliometría, la Informetría y la Cienciometría y su utilización en los sistemas de evaluación y promoción de la investigación. La aparición y desarrollo de sistemas de información basados en grandes índices multidisplinares como Web of Science y Scopus, administradas por gigantes editoriales como Thomson Reuter y Elsevier, ha propiciado y sustentado ese auge de mediciones. Estas bases de datos que registran la producción científica publicada fundamentalmente en artículos de revistas y en menor medida en capítulos de libros y actas de congreso, ofreciendo sofisticadas herramientas para el conteo de citaciones y otras medidas de “influencia e impacto”, se han constituido en parangón de la calidad científica y medidas del aporte de estos resultados a la ciencia. Los artículos publicados en las denominadas revistas de corriente principal (mainstream journals), la inmensa mayoría en inglés y procedentes principalmente de países como Estados Unidos y Reino Unido, en menor medida, Holanda, Francia y Alemania, se consideran los más valiosos, los que constituyen contribuciones relevantes a la ciencia mundial y aquellos que cumplen con las “buenas prácticas” de hacer y comunicar ciencia.

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Leilah Santiago

Desde hace años, los sistemas de ciencia y tecnología de los países “periféricos”, se han visto en el dilema de concentrar esfuerzos para lograr que sus revistas nacionales sean indizadas en las bases Web of Science o Scopus, o que sus resultados sean aceptados en las revistas “de corriente principal”,  a través de su publicación en idioma inglés, en aras de incrementar la visibilidad internacional de la ciencia que producen. Como han alertado varios autores, esta práctica conlleva los peligros del debilitamiento de las revistas nacionales cuyas mejores contribuciones son absorbidas por revistas extranjeras, cayendo en un círculo vicioso de debilidad y devaluación (CETTO, 2000; DURRANT, 2004; JONHSON, 2006). Por otra parte, los artículos publicados en inglés, y en revistas muchas veces inaccesibles por sus costos para la comunidad científica donde se originó la investigación, pierden su “impacto” local y es dudoso que tengan un real impacto en otros contextos (en dependencia de la disciplina).

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Raimundo Macedo dos Santos

Las bases de datos antes mencionadas clasifican las revistas a través de criterios aparentemente transparentes (citas, cumplimiento de estándares de publicación, metadatos en inglés, reputación de los cuerpos editoriales), pero que en la práctica se traducen en un sesgo hacia revistas publicadas en idioma inglés desde contextos anglófonos (LILLIS; CURRY, 2010), reflejando al final las dicotomías desarrollado/subdesarrollado, centro/periferia, primitivo/moderno, propias de la lógica geopolítica del capitalismo global.

Este artículo asume el enfoque de pensadores latinoamericanos como Enrique Dussel, Edgardo Lander, Walter Mignolo, Anibal Quijano, Santiago Castro-Gómez, Catherine Walsh, entre otros, con su teoría de la modernidad/colonialidad y crítica al eurocentrismo. Esta perspectiva, inscrita en el marco de los denominados estudios postcoloniales, critica al pensamiento hegemónico de que los saberes producidos por Europa Occidental (y Estados Unidos) son los únicos que pueden ser considerados universales, valiosos y que constituyen el modelo obligatorio a seguir para el resto de las naciones y saberes en su trayecto hacia el desarrollo/modernidad. Sin embargo, como Catherine Walsh también podríamos preguntarnos qué autoridad tiene esta hegemonía para determinar qué es conocimiento y quiénes lo producen? (WALSH, 2007). ¿O por qué tenemos que pensar que lo que vale como conocimiento está en ciertas lenguas y viene de ciertos lugares, como diría Walter Mignolo? (WALSH, 2003).

Este artículo analiza algunas de las manifestaciones de la geopolítica del conocimiento que influyen en la perpetuación de la colonialidad del saber en las instituciones académicas latinoamericanas. Algunas de las preguntas que nos han guiado son: ¿Cuál es la influencia de la geopolítica del conocimiento, donde los centros de poder monopolizan y en muchos casos silencian la producción científica proveniente de otras regiones más “periféricas”, en la visibilidad y el reconocimiento (y auto-reconocimiento) de la ciencia latinoamericana? ¿Cómo influyen los conocidos sesgos de conformación de los índices bibliográficos (Web of Science y Scopus, por ejemplo), las hegemonías lingüísticas, los intercambios asimétricos y las políticas de publicación, evaluación y recompensa en esta  producción?

El artículo está estructurado de la siguiente manera. En la sección 2 se establece el marco de enunciación seleccionado: la perspectiva poscolonial que implica una crítica al eurocentrismo (y euroamericanismo) como ideologías que enaltecen la supremacía y universalidad de los saberes originados en Europa Occidental y Estados Unidos y a  la hegemonía geopolítica que estas ideologías establecen. En la sección 3 se discuten algunos factores geopolíticos que influyen en la visibilidad y reconocimiento de la producción científica de los países “periféricos”, con énfasis en América Latina. En la sección 4 se ofrecen consideraciones finales.

2. Crítica al eurocentrismo y a la geopolítica del conocimiento

Este artículo, basado en una investigación bibliográfica, asume el enfoque de filósofos y sociólogos latinoamericanos como Enrique Dussel, Edgardo Lander, Walter Mignolo, Anibal Quijano, Santiago Castro-Gómez, Catherine Walsh, entre otros, con su teoría de la modernidad/colonialidad y crítica al eurocentrismo, inscrita en un campo contemporáneo de investigación social: los estudios postcoloniales (CASTRO-GÓMEZ, 2005). Se utiliza también el enfoque “sistema-mundo” del sociólogo norteamericano Immanuel Wallerstein (1974) para presentar la polarización entre países “centrales” y “periféricos como resultado del desarrollo capitalista.

Geopolítica fue un término creado por el científico político sueco Rudalf Kjellen a finales del siglo XIX. Entre las nociones asociadas al término está la relación entre la ubicación geográfica de un Estado con respecto a otros y su su política exterior. Sin embargo, más allá de la ubicación geográfica, la geopolítica implica disputas de poder y correlación de fuerzas en el espacio mundial, conllevando dominación y asimetrías que no son solamente en términos militares, sino también económicas-tecnológicas, culturales y sociales (VESENTINI, 2000). Como plantea Vesentini, nuevos campos de lucha reflejan las relaciones de poder en el espacio mundial, desde la problemática medioambiental hasta las luchas por los derechos de las mujeres, de las minorías étnico-raciales, de poblaciones excluidas, entre otros. En este ámbito de crítica a las posiciones hegemónicas y de poderío asimétrico se inscriben los estudios poscoloniales, cuyo pilar fundamental es la crítica al eurocentrismo y a la geopolítica del conocimiento.

El eurocentrismo, como lo define Quijano: “es una perspectiva de conocimiento cuya elaboración sistemática comenzó en Europa Occidental antes de mediados del siglo XVII, aunque algunas de sus raíces son sin duda más viejas, incluso antiguas, y que en las centurias siguientes se hizo mundialmente hegemónica recorriendo el mismo cauce del dominio de la Europa burguesa. (QUIJANO, 2000, p.131)

Esta visión eurocéntrica, creada a partir de una experiencia y especifidad histórico-cultural,  introdujo una serie de saberes o valores coloniales bajo el mecanismo dual progreso-atraso, civilizado-bárbaro, para crear un halo de superioridad de los conquistadores respecto a los pueblos subordinados (SALAS, 2013), colocando esa especificidad como patrón de referencia superior y universal (LANDER, 2000). Este patrón implica que “otras formas de ser, otras formas de organización de la sociedad, las otras formas del saber, son trasformadas no sólo en diferentes, sino en carentes, en arcaicas, primitivas, tradicionales, premodernas […] ubicadas en un momento anterior del desarrollo histórico de la humanidad, lo cual dentro del imaginario [europeo] del progreso enfatiza su inferioridad” (LANDER, 2000, p.10).

Uno de los pilares fundamentales en los que se basó ese pensamiento hegemónico y patrón de poder fue la clasificación social de la población mundial sobre la idea de la raza (y la superioridad de la raza blanca), como naturalización de las relaciones coloniales de dominación entre europeos y no europeos (QUIJANO, 2000). Con la consolidación de Europa como centro del capitalismo mundial — gracias a la ventaja comparativa sobre el mundo otomanoislámico, India y China que otorgó el descubrimiento, conquista y colonización de América (DUSSEL, 1999) —, Europa no solo tenía el control del mercado mundial sino que pudo imponer su dominio colonial sobre todas las regiones y poblaciones del planeta, incorporándolas al “sistema-mundo” que así se constituía. Para ese mundo, eso constituyó una reconfiguración cultural e intelectual. Todas las experiencias, historias, recursos y productos culturales fueron articulados en un solo orden cultural global en torno a la hegemonía europea u occidental (QUIJANO, 2000).

Por tanto, como plantea Mignolo (2005), la geopolítica del conocimiento descansa en la dependencia histórico-estructural entre la metrópolis y las colonias, entre el imperialismo y el colonialismo en todos los planos: económico, político, epistémico y en la formación de subjetividades. El semiólogo argentino argumenta que fue fundamentalmente a partir del siglo XIX, con la guía de la Universidad Kantiana-Humboldtiana y a través del imperialismo británico y francés, que el estándar occidental del conocimiento se extendió. Y no solo se extendió sino que se convirtió en el criterio de juicio para colocar conocimientos en posiciones subalternas en comparación al locus del conocimiento hegemónico y para determinar las jerarquías epistémicas.  (MIGNOLO, 2005). A partir de 1945, Estados Unidos se convirtió en otro centro fundamental de este poder geopolítico.

Para Walsh (2007), además, esta perspectiva que mantiene al eurocentrismo como la única, o por lo menos, la más hegemónica perspectiva dominante del conocimiento está presente tanto en las universidades como en escuelas y colegios, exaltando la producción intelectual euro-norteamericana como ciencia y conocimiento universal y relegando el pensamiento del ‘sur’ al estatus de ‘saber localizado’. Como argumenta, se pierde de vista entonces que el conocimiento producido en Europa y Estados Unidos también es local. Asumiendo las palabras de Porto-Gonçalves (2003) puede decirse que lo que se critica aquí no es la idea del pensamiento universal, sino la idea de que hay sólo un pensamiento universal, originado de una subprovincia específica de Europa, la de habla inglesa, francesa y alemana.

2.1. Colonialidades: consecuencias de la geopolítica

El colonialismo, basado en la idea de la superioridad racial, cultural e intelectual de unos pueblos sobre otros, no terminó con la independencia de las colonias. En su lugar, dejó la impronta de la colonialidad. Al decir de Maldonado-Torres, esta constituye: “un patrón de poder que emergió como resultado del colonialismo moderno, pero que en vez de estar limitado a una relación formal de poder entre dos pueblos o naciones, más bien se refiere a la forma como el trabajo, el conocimiento, la autoridad y las relaciones intersubjetivas se articulan entre sí, a través del mercado capitalista mundial y de la idea de raza. Así, pues, aunque el colonialismo precede a la colonialidad, la colonialidad sobrevive al colonialismo” (MALDONADO-TORRES, 2007, p.131).

Por tanto, la categoría colonialidad hace referencia a ese ámbito simbólico y cognitivo (modos de vida, estructuras de pensamiento y acción, incorporadas al habitus de los actores sociales) donde se configura la identidad étnica de los actores (CASTRO-GÓMEZ, 2005).

Silva (2008) resume tres perspectivas sobre la colonialidad: La colonialidad del poder (QUIJANO, 2007),  que expresa una estructura global de poder creada por el colonizador para controlar la subjetividad de los pueblos colonizados. Su núcleo ideológico está en la idea de que existen razas superiores e inferiores. La colonialidad del saber (LANDER, 2000; MIGNOLO, 2007), anclada en el eurocentrismo, implica el poder singular de nombrar por primera vez, crear fronteras y decidir cuáles conocimientos y comportamientos son o no legítimos. La colonialidad de ser (MALDONADO-TORRES, 2007), que constituye la dimensión ontológica de la colonialidad que se afirma en la violencia de la negación del Otro. El ser europeo, superior, es un ser excluyente, que no incluye la experiencia colonial de la no-Europa. Por tanto, según Silva (2008, p. 10) “la colonialidad del ser emerge de la colonialidad del poder manejada por el Estado, y de la colonialidad del saber liderada por la ciencia moderna”.

Lo complejo de este sistema de colonialidades es que se encuentra arraigado no solo en Estados e instituciones pertenecientes a estos centros de poder mundial sino que vive y se desarrolla dentro de las instituciones y Estados de los países que un día fueron colonizados, incentivado por organismos “internacionales” que también responden a los intereses de esos centros de poder. Se continúan perpetuando prácticas de colonialidad cuando se piensa, apriorísticamente, que “las universidades de Europa y Estados Unidos son las que tienen más calidad”, “las revistas ‘internacionales’ son mejores que las nuestras”, “los cursos en el extranjero son mejores que los nuestros”, “nuestras universidades tienen que adoptar los modelos de las universidades de los países desarrollados”, “la ciencia que se publica en las revistas ‘internacionales’ es mejor que la nuestra”, y así por el estilo.

Como plantea Mignolo, entre las consecuencias negativas de la geopolítica del conocimiento y la colonialidad del saber está pensar que lo que vale como conocimiento está en ciertas lenguas y viene de ciertos lugares; impedir que el pensamiento se genere de otras fuentes y beba de otras aguas; publicar y traducir precisamente aquellos nombres cuyos trabajos “contienen” y reproducen el pensamiento geopolíticamente marcado (WALSH, 2003, p.3).

Para Salas (2013, p.29) la geopolítica del conocimiento implica que los dominadores estructuren  “modelos y políticas educativas homogeneizadoras, cuyo eje rector es la economía del conocimiento para medir resultados educativos e implantar reformas curriculares en planes y programas de estudio acordes con las necesidades del mercado y  a la producción capitalista”. Como reflejo también de la colonialidad del saber, la clase hegemónica solo espera recibir de los centros escolares aquellos saberes relevantes para competir en el mercado capitalista. Centros escolares “a los que califica de buenos o malos bajo la modalidad de university ranking que subordinan la investigación al interés privado en descrédito al interés nacional a la que están obligadas a servir”.

Al respecto, Yatim y Maso (2014, p.1) afirman que: “A colonialidade opera tanto no interior das instituições de ensino e pesquisa, produzindo saberes excludentes e eurocêntricos, como na sociedade que admite para si modos de vida e referências que não são construídas a partir de suas localidades. Legitima-se, assim, a herança colonial produtora de “sujeitos de favor” (LEMOS, 2013) e “hospedeiros do opressor” (FREIRE, 2005).

3. Geopolítica y colonialidad: configurando la producción científica latinoamerica

Seguidamente serán analizados sintéticamente algunas de las manifestaciones de la geopolítica del saber y la colonialidad del saber que influyen en la publicación y circulación del conocimiento, con énfasis en sus influencias sobre la producción científica latinoamericana. Los aspectos seleccionados son: hegemonía del idioma inglés en la publicación científica, la influencia de los índices bibliométricos, las políticas de publicación, evaluación y recompensa científica y las integraciones asimétricas.

3.1. Hegemonia del idioma inglés en la publicación científica

El uso del inglés en los artículos científicos viene creciendo cada vez más. Lillis y Curry (2010) en su documentada investigación sobre el uso del inglés en ambientes académicos, ofrecen datos provenientes del directorio de publicaciones seriadas Ulrich que indican que el 67% de las 66,166 revistas científicas incluidas en la edición del 2009 estaban publicadas en su totalidad o en parte, en inglés. Por su parte, Hamel (2013) destaca que en las principales bases de datos, sólo un 0,5% de los artículos de ciencias naturales está en idioma español, con un 2.5% en las ciencias sociales y humanas.

Como bien apuntan Lillis y Curry (2010), este auge del inglés como lenguaje dominante en la publicación viene en paralelo con el dominio económico y tecnológico de países anglófonos, en particular, con el poderío económico de Estados Unidos  a partir de la segunda mitad del siglo XX. Según las autoras, además, dos aspectos son importantes para ponderar este auge en la generación y publicación de trabajos científicos. Por una parte, el vínculo entre las “entradas” financieras y las “salidas” académicas, de tal manera que el 80% de los artículos científicos que se producen en el mundo provienen de países que pertenecen a la Organización para la Cooperación y Desarrollos Económicos (OCDE) y dos tercios de ellos, al llamado Grupo de los Ocho (G8). Por otra parte, la influencia cada vez mayor de los índices bibliográficos de la Thomson Reuter (Web of Science) y el desarollo del “factor de impacto” para evaluar los resultados académicos. Sobre este segundo tema se referirá la próxima sección.

La diferencia entre la representación de los idiomas en estas grandes bases de datos (donde se incluye Scopus), tiene varias implicaciones. Una de ellas, para Hamel (2013) es que cada vez más científicos no anglófonos publican en inglés, mientras realizan su investigación y su enseñanza en su propio idioma. Detrás de este comportamiento están, en muchos casos, las políticas nacionales e institucionales que incentivan y refuerzan esta práctica, motivadas por la necesidad de insertarse en espacios globales competitivos permeados por ideologías neoliberales (LEE; LEE, 2013). Sin embargo, como destaca Hamel (2013), cuando no existen esfuerzos para contrarrestar las asimetrías existentes entre contrapartes que trabajan en condiciones de desigualdad (como sucede entre los científicos de la “periferia” y los del “centro”), generalmente terminan imponiéndose los modelos, propuestas, soluciones y hasta la lengua de la potencia mayor.

La adopción e internalización acrítica de los modelos y técnicas dominantes, en una clara manifestación de la colonialidad del saber, conduce posteriormente y de manera natural, a la internacionalización de la “superioridad” del inglés como lengua científica, en lugar de considerarse este proceso como “un desplazamiento construido ideológicamente a través de un proceso de hegemonización por unos actores identificables” (HAMEL, 2013, p. 343). Estos procesos se acentúan a través de las presiones que sufren los autores no anglófonos para publicar en inglés, en revistas anglosajonas, que los lleva a adoptar estilos discursivos, y en última instancia, modelos culturales de investigación, acompañados por la bibliografía legítima de origen anglosajón, que resulta imprescindible citar para conseguir la publicación (DUEÑAS, 2012; HAMEL, 2013).

Son útiles aquí las palabras de Lillis y Curry (2010) sobre la “autoridad” de determinadas voces y cómo ellas influyen y configuran determinadas prácticas, o incluso, silencian otras voces (lenguajes minoritarios, lenguajes “no escritos”, dialectos, entre otros): “[…] el estatus de un texto, su significado y valor son dependientes de cómo se lee, quién lo lee y dónde se lee, y a través de cuales ideologías textuales;  como y de qué manera, a alguien se le otorga voz, está influenciado por las modalidades de enunciación más poderosas que estén en juego en un sitio discursivo en particular: las modalidades de enunciación no son solamente diferentes formas de hablar y escuchar, de escribir y leer, sino señales de quién tiene el derecho de hablar dentro de específicos regímenes discursivos” (LILLIS; CURRY, 2010, p.24, traducción nuestra).

Finalmente, siguiendo el exhaustivo artículo de Hamel (2013) El campo de las ciencias y la educación superior entre el monopolio del inglés y el plurilingüismo: Elementos para una política del lenguaje en América Latina, se destacan tres aspectos relevantes sobre el uso hegemónico del inglés en los espacios científicos:

  1. La reducción de la diversidad a una sola lengua en la producción de modelos, temas y estrategias de investigación llevaría, desde una perspectiva ecológica, a un empobrecimiento riesgoso del desarrollo científico mismo, especialmente en las ciencias sociales y humanas.
  2. La imposición total del inglés reforzaría aún más las asimetrías ya existentes, tanto en las condiciones de acceso a la ciencia internacional como en la producción y circulación de la ciencia y tecnología propias.
  3. Como consecuencia de la creciente hegemonía del inglés, la academia y los profesionales anglosajones se han tornado cada vez más monolingües en su competencia lingüística real, pero más aún en la práctica de sus miembros que ya no toman en cuenta lo que se trabaja y publica en otras lenguas. Aunque esto no concierne solo a la academia anglosajona, debido a su enorme peso influye en el resto del mundo, ya que el ejercicio monolingüe constituye un arma poderosa, un verdadero chantaje, para que el resto del mundo académico se subordine a sus prácticas y adopte el monopolio del inglés en su propia actuación (Hamel, 2013, p. 325).

3.2. Influencia de los índices bibliométricos

La aparición y desarrollo de sistemas de información basados en grandes índices multidisplinares como Web of Science y Scopus, administradas por gigantes editoriales como Thomson Reuter y Elsevier, ha propiciado y sustentado el auge de los sistemas de evaluación de la ciencia. Estos, a su vez, han permitido la construcción de conceptos como “centros de excelencia”, “revistas de corriente principal” y “universidades de clase mundial”.

El ejemplo más paradigmático es el índice bibliométrico de la Thomson Reuter (ISI-Web of Science) y su factor de impacto. Numerosas críticas se han realizado a esta base de datos y particularmente al cuestionable cálculo del factor de impacto y su utilización acrítica (SEGLEN, 1997; SMITH, 2006; THE PLOS MEDICINE EDITORS, 2006). No obstante, actualmente tanto la evaluación de las publicaciones científicas, como la evaluación de las instituciones universitarias y sus profesores, se realizan sobre la base de estos criterios, extendiéndose y adoptándose este paradigma cuantitativo incluso al interior de los países “periféricos” (BEIGEL, 2012; BEIGEL, 2013; ENGLANDER; UZUNER-SMITH, 2013). Son los datos, además, que utilizan los organismos internacionales para sus informes sobre el estado de la ciencia mundial.

Como bien señala Beigel (2013), este sistema de indexación de publicaciones científicas está construido sobre la base de procesos de mercantilización. O sea, sus pilares son la alianza entre los sistemas bibliométricos y el campo editorial especializado, donde la mayoría de las revistas “de corriente principal” son editadas por grandes editoriales comerciales y empresas de divulgación científica, que a su vez, operan detrás de la Web of Science, Scopus, el directorio Ulrich y otras. En estos sistemas, una ínfima minoría de revistas pertenece a contextos no anglófonos y no comerciales.

Sin embargo, estos sistemas han logrado la “universalización” de sus criterios de medición, distorsionando el propio proceso de comunicación científica. Al respecto Onsrud (2004) llamaba la atención sobre el hecho de que la mayoría de los científicos están más preocupados de si las revistas en las que ellos publican están evaluadas en el Science Citation Index o el Social Science Citation Index que si estas son ampliamente accesibles por sus propios colegas y naciones. Mientras que Serrano y Prats (2005) alertaban que a pesar del interés de la comunidad científica por hacer públicos los resultados de sus trabajos, ésta se ve obligada a difundirlos en determinadas publicaciones que les garanticen prestigio y reconocimiento, aún cuando su acceso se vea diezmado por costos de suscripción elevados que las universidades o centros de investigación deben financiar de nuevo para poder acceder a ellos. El poder de atracción de la mayoría de las publicaciones generadas en los países subdesarrollados es bajo para los autores “élite”, quienes prefieren escribir en idioma inglés y publicar en revistas “internacionales” dando así  la razón a Eugene Garfield cuando expresó: ‘Si algo realmente significativo es descubierto [en un país subdesarrollado] será publicado en las revistas de corriente principal’ (JOHNSON, 2006 citado por SÁNCHEZ-TARRAGÓ, 2007).

Otros aspectos que evidencian la creciente influencia de la hegemonía norteamericana y europea como paradigmas de ciencia de excelencia son comentados por Beigel (2013, p. 120), en relación con las prácticas de citación Por ejemplo, las citas provenientes de América Latina a autores norteamericanos en el período de 2003 a 2005 alcanzaron un 56,2% y un 33,9% para autores de Europa; en contraste, los autores asiáticos y africanos fueron citados en un 0,3% y 0,4%, respectivamente. Resulta muy llamativo que  la citación desde y hacia la propia América Latina solo alcanzó un 6,9% en el período analizado, disminuyendo notablemente respecto a otros periodos anteriores (era 11, 7% del 1993 al 1995).

Sin embargo, la citación endógena en Norteamérica para el período de 2003 a 2005 alcanzó un 78,1% y en conjunto con las citas a los autores europeos, el bloque euroamericano concentra el 98,5% del total de citaciones de Norteamérica. Se pone de manifiesto en estos datos lo que Restrepo y Escobar (2005) denominaron “ignorancia asimétrica”, o sea, resulta natural que los científicos que trabajan en el “centro” puedan ignorar el conocimiento que se genera en países periféricos, sin que esto signifique ningún prejuicio para su carrera profesional; sin embargo, si los científicos de países periféricos ignoran el conocimiento del “centro” no solo se pondría en tela de juicio su competencia profesional sino que también sus evaluaciones y “recompensas” profesionales se verían afectadas.

Para resumir esta sección utilizaremos las palabras de Beigel (2013) cuando plantea: “la cientometría, construida sobre la base de ISI [Web of Science], Scopus u otras bases de datos creadas a su imagen y semejanza, no refleja la producción de conocimientos a escala internacional, sino una porción de esas investigaciones, las que se publican en inglés, bajo las normas de un dispositivo de jerarquización del conocimiento conducido por esas empresas editoriales y dominado por algunos «centros de  excelencia». […] no es un instrumento neutro de medición de prestigio científico universal, sino la herramienta principal de una estructura internacional de recursos y capacidades de investigación crecientemente desigual, que se manifiesta en el volumen de la producción científica, en los flujos migratorios de población calificada, en la universalización de estándares de publicación y en la abrumadora supremacía del inglés como lingua franca internacional” (BEIGEL, 2013, p.122).

3.3. Políticas de publicación, evaluación, promoción y recompensa

Las políticas de publicación (incluyendo políticas de lenguaje), evaluación, promoción y recompensa en el contexto académico, generalmente reflejan las ideologías que priman entre sus diseñadores y promotores. La ideología basada en la idea de la competitividad individual, el triunfo de la meritocracia y de que todos tienen iguales oportunidades cuando se desarrollan las habilidades y conocimientos adecuados (o requeridos para el contexto específico), permea actualmente la implantación de tales políticas. Ellas empujan a los científicos y académicos a publicar en revistas indexadas internacionalmente (y como destacan Lillis y Curry (2010), “internacional” se ha convertido en sinónimo de publicar en inglés en revistas anglosajonas), a lograr los niveles requeridos de “productividad y citas” y a competir por puntos en el mercado académico, dejando atrás otras consideraciones como la utilidad o impacto real de su contribución, e inclusive descuidando la docencia y otras funciones educativas.  Por otra parte, estas políticas generalmente no están interesadas en apoyar o legitimar otras prácticas intelectuales que no estén orientadas a producir artículos científicos o patentes, lo que evidentemente constituye un lastre para las áreas de ciencias sociales y humanas (MATO, 2008).

Los informes de organismos internacionales, muchas veces asumen que todas las naciones tienen que aceptar los mismos raseros para evidenciar su camino hacia el “desarrollo”; una noción de desarrollo que naturalmente está permeada por la concepción eurocéntrica. Por ejemplo, Englander y Uzuner-Smith (2013, p. 237) analizan cómo el informe de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE)  del 2009, daba por hecho que todas las naciones y universidades debían implementar políticas para elevar su capacidad y desempeño, ya que esos eran los principales componentes de una buena gobernanza (rendiciones de cuenta, transparencia, eficiencia, efectividad, reacción y visión de futuro). Sólo así podrían clasificar en su ranking global de productividad científica (cuyos datos, por supuesto, están basados en la base de datos Web of Science) y alcanzar visibilidad global.

Efectivamente, muchas instituciones de países periféricos han adoptado este tipo de políticas, buscando integrarse o acercarse a la “élite” mundial. Lee y Lee (2013) muestran como las políticas de publicación de universidades de Corea del Sur, se transformaron para competir en el mercado mundial de la educación superior. Para progresar en sus evaluaciones anuales, los académicos de todas las disciplinas tienen que publicar en revistas indexadas internacionalmente, lo que implica de hecho, publicar en idioma inglés. La presión de este sistema de evaluación y los incentivos monetarios ofrecidos, conjuntamente con el crecimiento en el número de publicaciones en revistas internacionales, ha llevado a los académicos y a los gestores de las políticas a sentir que esta práctica es natural e incluso beneficiosa; sobre todo para aquellos que trabajan en las áreas de ciencias exactas, naturales y empresariales. Como consecuencia casi natural, las revistas nacionales están cada vez más devaluadas y el intercambio entre académicos locales se percibe como poco valioso. Políticas y resultados muy similares son descritos por Englander y Uzuner-Smith (2013) para universidades de México y Turquía y por Chou (2014) para Taiwán, poniendo de manifiesto la ideología neoliberal que se ha impuesto con la globalización, y la reproducción y adopción, muchas veces acrítica, de criterios y valores creados e impuestos bajo la perspectiva eurocéntrica.

3.4. Intercambios asimétricos

Otras manifestaciones de la geopolítica del conocimiento se encuentran en las formas en que los autores de los países periféricos se “integran” o intercambian conocimientos con sus pares. Kreimer (2006) señala varios rasgos que definen la investigación científica en la mayor parte de los países de América Latina. Entre ellos, la tensión clásica entre la visibilidad internacional y las aplicaciones del conocimiento a las necesidades locales, que conduce generalmente al establecimiento de relaciones de “integración subordinada”. Esta modalidad de integración a la escena internacional  implica una nueva división internacional del trabajo, donde generalmente “la elección de las líneas de investigación, la visión de conjunto de los problemas conceptuales y también, sus utilidades reales o potenciales son producidas con una fuerte dependencia de los dictados operados por los centros de referencia, localizados en los países más desarrollados” (KREIMER, 2006, p.205). La consecuencia de este tipo de integración es que estas agendas de investigación suelen responder a los intereses sociales, cognitivos y económicos de los grupos e instituciones “centrales”.

Una perspectiva interesante para este análisis la ofrece Rodríguez Medina (2013) en su trabajo Objetos subordinantes: la tecnología epistémica para producir centros y periferias. Rodríguez Medina discute como la circulación internacional del conocimiento (y la traducción/interpretación/adaptación de ideas) depende menos de su contenido (simbólico-cognitivo) que de la red semiótico-material en la que está inserta. O sea, mientras más fuerte, densa y de mayor alcance sea la red, más lejos llegarán las ideas que por ella circulan. Pero las características de esas redes dependen de las realidades socioeconómicas y políticas de cada miembro, por ejemplo, “del  prestigio de las instituciones en las que trabajan, el poder de distribución de las edito­riales que publican sus obras, el alcance que el idioma inglés les da a ciertos textos, la participación en conferencias como oradores especiales y la posibilidad de disponer de tiempo, espacio y ayuda (humana y no humana) para expandir sus propias ideas, a través de becarios doctorales o posdoctorales” (RODRÍGUEZ MEDINA, 2013, p.17).

Está claro entonces, que entre autores provenientes de realidades socioeconómicas diferentes se produce un intercambio asimétrico, donde no siempre estos se autoperciben como iguales dentro de la comunidad académica. Los aspectos relacionados con el capital simbólico también están detrás de la “ignorancia asimétrica” a la que nos referíamos en la sección 3.2 y con la percepción creciente entre los investigadores, particularmente los angloamericanos, de que los trabajos que no aparecen en la Web of Science tienen poco valor y que cualquier contribución importante será publicada en inglés (AALBERS, 2004; BAJERSKI, 2011).

4. Consideraciones finales

El slogan de la “Sociedad del conocimiento”, de las ventajas de vivir en un mundo globalizado, puede hacernos pensar ingenuamente en igualdad de oportunidades y de saberes. Sin embargo, vale aquí la incertidumbre de José Joaquin Brunner cuando preguntaba: “[…] si acaso las nuevas condiciones están creando efectivamente un mundo de información y conocimiento más igualitario; si acaso los flujos de ideas y publicaciones se han vuelto más simétricos; si las instituciones de rango mundial están realmente al alcance de todos los países y si, en este cuadro, América Latina emerge como una región dinámica de cara a la sociedad del conocimiento” (BRUNNER, 2010, p. 77).

Evidentemente, la respuesta no puede ser afirmativa y las razones son complejas. Su análisis, además, desborda el tema de este artículo. Como afirma Rodríguez Medina (2013), aunque está claro que aumentar la capacidad científico-tecnológica de los países pe­riféricos, más que una opción, constituye un imperativo, también es importante reflexionar, cada vez más, sobre los problemas locales y las herramientas más adecuadas para enfrentarlos. La postura que se ha venido desarrollando a través de este artículo es que la adopción acrítica de modelos y prácticas foráneos de generación y publicación de conocimientos y la constante comparación con indicadores y medidas permeados por la ideología neoliberal, no parecen constituir el camino más adecuado. Las reflexiones críticas sobre el tema no escasean, incluyendo aquellas provenientes del propio corazón de Occidente. No obstante, como argumenta Mato (2008) quizás los mayores obstáculos están en la propia institucionalidad de la ciencia y los valores que se asumen o imitan relacionados con las pretensiones de objetividad del conocimiento científico y la neutralidad de valores de los investigadores.

Por tanto, entre las estrategias que urge continuar desarrollando están mirar hacia la ciencia que se genera dentro de los países latinoamericanos, con una visión pluricultural e integradora desde condiciones de mayor igualdad, y teniendo en cuenta los contextos sociales e institucionales, así como la valorización de los conocimientos aquí producidos. La añorada visibilidad de la ciencia latinoamericana no tiene porqué descansar únicamente en la presencia de autores y artículos en revistas anglófonas indizadas en el Web of Science o Scopus. De hecho, desde hace dos décadas, Latinoamérica (con una tradición de privilegiar la ciencia como bien público global),  apostó por proyectos cooperativos con un alto componente tecnológico (Latindex, SciELO y RedAlyC) que son actualmente exitosos sistemas con funciones diferentes y complementarias (ALPERÍN; FISCHMAN, 2015). Este camino, y otros adoptados por diferentes iniciativas locales y regionales, deben contribuir al fortalecimiento de las revistas nacionales; a la adopción de estándares de calidad; a la implantación de políticas de lenguaje que enfatizan el plurilingüismo; al desarrollo de sistemas de información que garantizan un acceso más amplio e igualitario a los resultados científicos, en sus múltiples formatos; a la creación de medidas e indicadores propios que permitan medir el impacto individual de los resultados científicos y, sin dudas, a una mayor visibilidad regional e internacional. Mucho falta aún por desandar pero parafraseando a Rodríguez Medina (2013, p. 23) podríamos decir que solo quienes superen el reto doble de exigir localmente mejores condiciones para la producción intelectual y de difundir globalmente esa producción por todos los medios posibles y en todas las direcciones, serán capaces de “poner en funcionamiento objetos resilientes —resultado de la resistencia epistémica— que coloquen en el escenario internacional un conocimiento original y alternativo, y habitualmente silenciado”.

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Publicado originalmente en:  XVI Encontro Nacional de Pesquisa em Ciência da Informação (XVI ENANCIB) GT 7 Produção e Comunicação da Informação em Ciência, Tecnologia & Inovação. João Pessoa, Brasil, 26-30 octubre de 2015.

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